
A las 8:45 p.m. del 6 de noviembre de 1973, Manuel Rodríguez Villamil vio su reloj por última vez. Lo que siguió fue una ráfaga de balas, en una vendetta que nada tenía que ver con él, pero lo condenó por el resto de sus días. Uno de los cuatro proyectiles que impactaron en su rostro lo dejó ciego, y desde entonces ha vivido un calvario.
Recuerda que estaba tomando cervezas en El Caballo Blanco, un bar de la vieja estación de Santa Marta, cuando llegaron tres camionetas Ford Ranger y se bajaron varios hombres con subametralladoras, disparando indiscriminadamente. El atentado, que dejó cuatro muertos y seis heridos, fue atribuido a la guerra de los Cárdenas y los Valdeblánquez, dos familias guajiras que se enfrentaron durante 20 años.
“Dios es muy grande porque sobreviví. Duré casi 30 días hospitalizado. De Santa Marta me remitieron a Barranquilla”, cuenta Manuel, quien se rebuscaba vendiendo cigarrillos de contrabando. Regresó a su casa en el populoso barrio Rebolo, donde vivía con su mujer y sus dos hijos, pero no duró mucho tiempo porque ya no era capaz de mantenerlos.
“Cuando uno no tiene modo de responder, se vuelve un estorbo. Mi mujer me trataba como un mueble roto. Entonces decidí viajar a Bogotá para entrar al Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos”. Allí aprendió a movilizarse con bastón, leer en sistema Braille y realizó cursos de fisioterapia y panadería.
Dice que estuvo diez años rehabilitándose junto a Apolinar Salcedo, el único ciego que ha sido alcalde en Colombia; fue elegido en Cali luego de graduarse de abogado. Manuel no tuvo tanta suerte. Cuando regresó a su natal Barranquilla con la ilusión de conseguir un empleo, nadie le dio la oportunidad.
Cuando salía a buscar trabajo, la gente le sugería que mejor pidiera limosna. Optó por vender frutas en una carretilla, deambulando por las calles, acompañado por un joven de Rebolo. Con lo que se ganaba alquiló una habitación en ese sector por $30 mil mensuales.
Así subsistió varios años, hasta que su compañero tomó otro rumbo porque se casó y tuvo hijos. “Ya él tenía que atender su obligación, y quedé en el aire, solo. A mi hijo lo mataron, mi mujer me dejó y mi hija se fue para Caracas hace casi tres décadas y más nunca he sabido de ella”, comenta resignado el anciano, quien hoy tiene 77 años.
Abandono y maltrato
Manuel quedó a merced de la indolencia de la gente. Con la voz entrecortada recuerda que muchas veces iba caminando y nadie le avisaba que se iba a chocar con un poste o una pared. “Esperaban a que me golpeara para reírse de mí. He caído en alcantarillas destapadas, pero gracias a Dios nunca me he roto una pierna”.
Agobiado por su situación, hace un mes fue en busca de ayuda a una emisora local, que lo contactó con la Secretaría de Gestión Social del Distrito. De inmediato lo enviaron al asilo El Buen Samaritano, que funciona en una antigua y humilde casa en la calle 36 No. 44-73.
En ese lugar conoció a Senén Tomás Corrales Pino, también invidente, quien vivió cinco de sus 75 años en la chatarra de un taxi en un parqueadero del barrio Conidec. Su historia es similar. Su familia también lo abandonó cuando quedó ciego y se convirtió en una carga.
Ambos comparten el sitio junto a 15 ancianos más, muchos de ellos con antecedentes de maltratos, revela el pastor Mauricio De la Rosa, director de la Fundación.
En 2010, el Instituto Nacional de Medicina Legal atendió 89 casos de violencia contra adultos mayores en el departamento del Atlántico, de los cuales 55 fueron hombres y 34 mujeres. Este año, hasta el 31 de agosto, se reportaron 48: 35 hombres y 13 mujeres. (Violencia contra el adulto mayor)
De acuerdo con la publicación Forensis 2009, las agresiones contra la población de la tercera edad han venido en aumento en Colombia. De 1.053 casos en 2005, aumentó a 1.451 en 2009. El rango de edad más afectado está ubicado entre los 60 y 64 años.
Llamado al Distrito
Rafael Pava, secretario general de El Buen Samaritano, asegura que desde 2009 hasta la fecha, la Alcaldía les ha enviado más de 100 ancianos, con el compromiso de pagarles $225 mil mensuales por cada uno de ellos. “Sin embargo, desde hace dos años no nos daba un peso hasta el mes pasado, cuando nos entregó tres millones, equivalentes al 20% de una deuda de $15 millones”.
Señala que ese pago no satisface las necesidades de la fundación, a la que hace más de un mes le suspendieron el servicio de gas natural porque tiene varias facturas pendientes. Desde entonces se cocina con leña en el patio donde se reúnen los viejitos.
“Gracias a Dios aquí ningún anciano pasa hambre. No es un hotel cinco estrellas, pero la alimentación y el techo están garantizados. Hemos pedido apoyo a empresas privadas, pero todo ha sido en vano. Los únicos que nos ayudan son unos vendedores del mercado que nos regalan huesos, arroz, frutas y verduras”, sostiene Pava.
Abordado por EL HERALDO, el secretario de Gestión Social, Alfredo Carbonell, se comprometió a girarle a la fundación los recursos faltantes antes del próximo 31 de diciembre “para que ellos puedan tener un auxilio y prestar un mejor servicio”.
Indicó que este año han recibido 50 solicitudes para enviar a adultos mayores a los asilos con los que la Alcaldía tiene convenios, de las cuales han logrado persuadir la mitad para que sus familiares permanezcan con ellos, con un subsidio de $100 mil bimensuales. Los demás han sido enviados a distintos hogares geriátricos.
“Para muchas familias los ancianos son una carga, dejan de ser útiles económicamente. Nosotros siempre tratamos de convencer a las familias para que por ninguna circunstancia expulsen a los abuelitos del hogar. Esa ha sido nuestra política”