lunes, 4 de julio de 2011

Pueblo en armas.

Un retrato descarnado de la situación de la violencia en Venezuela nos trae el documental Los guardianes de Chávez, realizado en junio pasado y difundido en estos días por la televisión española. La realidad allí retratada muestra cómo, con 16 mil asesinatos al año, las calles de las ciudades venezolanas están tomadas por las milicias chavistas y paramilitares configurando una escena dantesca y pavorosa. Del lado chavista, estos "colectivos" visten sus barrios con estatuas de Manuel Marulanda y de Cristo como íconos de la revolución, resuelven sus conflictos a punta de balazos en una tierra de nadie en la que la Policía prefiere ni siquiera entrar. Alejados de la ciudad, en territorio fronterizo la guerrilla venezolana, la colombiana y los paramilitares combaten cuerpo a cuerpo para controlar el territorio.

El documental muestra que el chavismo está construido de una amalgama de grupúsculos que están dispuestos a rastrillar las armas que cargan en sus hombros con tal de defender a su comandante y no vislumbran como posibilidad el que la oposición llegue al poder. Ese escenario, lo saben ellos, implicaría su propia muerte, por lo que están dispuestos a ser ellos primero los que levanten sus fusiles para defenderse del imperio y de la derecha conspiradora. Paradójicamente, son ellos mismos los más críticos y que más incomodan a Chávez, pues permanentemente le señalan sus flaquezas y la corrupción que rodea al Régimen.

Lina Ron, líder chavista y radical y principal impulsora de la lucha a muerte en contra de Globovisión, afirma que el chavismo durará por lo menos otros 50 años. Para ella, es crucial la elección que se viene para la Asamblea, pues si la oposición llegara a tener mayoría, esto implicaría una declaratoria de guerra en una institución de la democracia que, para ella, es un mero instrumento para el fin revolucionario radical. Para Ron, es simplemente inconcebible un potencial regreso de la oposición al poder, y contra eso esta dispuesta a luchar con fusil en mano.

Pero, hacia la frontera, la escena es aún más aterradora. Son territorios enteros en los que las FARC, el Frente Bolivariano para la Liberación y los paramilitares tienen absoluto dominio para enfrentarse unos a otros, y con el pleno conocimiento del Ejército venezolano de que las FARC ocupan territorio venezolano. Allí, nadie quiere hablar, y los periodistas son impedidos de grabar su testimonio en un reino en el que priman solo el silencio y el miedo y se respira un aire de extraña complicidad entre los grupos irregulares y el Gobierno.

Volviendo a la escena citadina, el documental concluye con una visión de las milicias ciudadanas, o del pueblo en armas, amas de casa, obreros, profesionales que están dispuestos a luchar con su vida para defender a la revolución. Desfilan con sus armas, y suman ya 120 mil los que han recibido entrenamiento militar. En suma, una escena escalofriante que muestra el grado de descomposición de la sociedad venezolana y vislumbra aquellos ingredientes explosivos que fácilmente podrían degenerar en el tránsito hacia un camino de extrema violencia. Esta fotografía del lado más oscuro del proceso venezolano cuestiona también la posibilidad de que entre Colombia y Venezuela se pueda crear una paz duradera más allá de los apretones de mano en Santa Marta. Vale la pena ver el documental.

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